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martes, 13 de julio de 2010

N26. TEXTO

Purismo y puritanismo a través del humo de un puro
Amelia Vilaplana

Sólo la mirada subjetiva es capaz de ver el espacio emocional. Una espesa capa de humo envuelve el edificio y redibuja sus ángulos rectos con la pluma de oca de Le Corbusier. El “espíritu ortogonal(1) sigue ahí pero lo medimos con las normas de la “geometría del sentimiento-sensación(2). El humo, la niebla, turba la razón pero nos fascina por lo que esconde y lo que revela. Distorsiona la materialidad evidente (3). Las gotas de rocío actúan de caleidoscopio que deconstruye la realidad separándola por capas. Cada gota refleja una imagen del mismo objeto que se nos muestra en toda su complejidad. Vemos un mundo multiplicado en marcos cinemáticos (4), como en un cuadro cubista.
Miramos a Le Corbusier y vemos al pintor. La Cité Refuge, ablandada, se parece ahora más a los dibujos puristas en los que se esmeraba por las mañanas que a los planos que trazaba con escuadra y cartabón por las tardes. Recorremos los pasillos y nos adentramos en el espacio inefable (5). Los comedores vacíos se oscurecen con las sombras de los puritanos de L’Armée du Salut salvando las almas a través de imágenes. El gran muro cortina es una enorme pantalla de cine donde proyectan sus películas con linterna mágica y placas (6). Las ventanas son los frescos de la vida moderna (7) en los que se ve al Cristo de Apollinaire subir al cielo más rápido que los aviadores (8)
Cuenta Eric Mouchet cómo preparando una exposición Denise René pidió a Le Corbusier los títulos de sus cuadros. El arquitecto los bautizó al momento con nombres de calles de París. Los cuadros, que eran naturalezas muertas hasta a ese momento, tomaron una nueva dimensión. La serie de los Toros nació al descubrir el pintor un lienzo visto al revés (9)
Sin esperarlo, una visión muy personal del edificio nos ha acercado al alma del creador. La subjetividad del espectador entra en resonancia con la del autor. Al conocimiento artístico se llega por caminos ondulantes. 
El mosaico se va completando con relaciones inesperadas. No hay contradicciones, sólo paradojas. Al igual que la mitología clásica, las leyendas contemporáneas se van formando por sincretismo, valioso sistema de elaboración de conocimiento. Es capaz de integrar indiscriminadamente datos de entrada procedentes de fuentes diversas y dar un significado final único pero con múltiples acepciones. Asumir el azar como mecanismo de selección de los datos de entrada es una decisión clave en el proceso. Cuanto más antagónicas sean las capas de información más campos abarcará la definición. Cuanto más separadas estén, más tendrá que completar la imaginación. La introducción consciente de lo incontrolable en un protocolo científico puede dar resultados mágicos.

1. La cultura es un estado de espíritu ortogonal”. Le Corbusier, La Ciudad del Futuro, 1962.
2. Antonio Juárez. “El secreto de la forma. Una geometría aproximativa” en Le Corbusier y la síntesis de las artes. El Poema del Ángulo Recto, 2006.
3. Antonio Juárez. “El secreto de la forma. Una geometría aproximativa” en Le Corbusier y la síntesis de las artes. El Poema del Ángulo Recto, 2006.
4. Beatriz Colomina, Doble Exposición. Arquitectura a través del arte. 2006.
5. Yo ignoro el milagro de la fe, pero vivo a menudo, el del espacio inefable coronamiento de la emoción plástica” Le Corbusier.
6. Sylvie Pliskin, “L’influence du département audiovisuel de l’Armée du salut sur le développement du cinéma de fiction en Australie (1896-1910)”, Une invention du diable? Cinéma des premiers temps et religión, 1990.
7. El cartel es el fresco moderno y su lugar está en la calle”. Le Corbusier “Fresque” en l’Esprit Nouveau 19.
8.  (…) C'est le Christ qui monte au ciel mieux que les aviateurs.
Il détient le record du monde pour la hauteur. Apollinaire G. , Zone, Alcools 1913.
9. Eric Mouchet “Las diecinueve ilustraciones a color de El Poema del Ángulo recto o la quintaesencia del sincretismo de Le Corbusier”, en Le Corbusier y la síntesis de las artes . El Poema del Ángulo Recto, 2006.


Amelia Vilaplana: Recuperación del entorno paisajístico del río Moliner
Proyecto Fin de Carrera premio "Pasajes de Arquitectura y Cítica / iGuzzini illuminazione"

N26. Galería

Archivos A. Arquitectura Interior
Cité de Refuge, Paris. Agosto 2009














sábado, 10 de abril de 2010

N19. Galería

Archivos B. Background
Centre Pompidou. Abril 1994

martes, 25 de agosto de 2009

N17.Texto

Fragmento inicial de Rayuela (en su lectura corriente)

Julio Cortázar

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sébastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allí lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkyria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu’en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movía, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabó. Oh Maga, y no estábamos contentos.

N17. Galería

Archivos C. Ciudad-Imaginario
Paris. Noviembre 1990

lunes, 18 de mayo de 2009

N14. Texto 1

La Victoria de Samotracia ha sido derrotada (II)
Magazine, 17 de mayo de 2009
Andrés Trapiello
Nos preguntábamos la semana pasada si podemos llamar Victoria de Samotracia a la escultura del mismo nombre que está en el Louvre en medio de un río de turistas, que se impiden unos a otros contemplar su abrumadora belleza con sosiego y en silencio. Si no la habíamos destruido entre todos. Como vimos, muchos de aquellos turistas ni siquiera se molestaban en levantar los ojos y pasaban de largo, mientras otros se contentaban con fotografiarse junto a ella, obteniendo la prueba de que estuvieron allí.
En realidad todos ellos parecían haber ido únicamente a rozarse con un ídolo sagrado. Necesitaban impregnarse en su aura de icono. Se viene diciendo desde hace décadas: los museos ocupan el lugar reservado antiguamente a las catedrales, y han heredado de la religión su prestigio y el de sus tesoros. Los mercaderes, sensibles al oro, al incienso y a la mirra, se han instalado en ellos en cuanto han podido. ¿No nos lo recuerdan todas esas tiendas de catálogos y suvenires que el visitante tiene que cruzar antes de dejar definitivamente cualquiera de los museos modernos, a menudo todavía más congestionadas de gente que sus propias salas? Cuánto nos escandalizamos algunos hace años al saber que en su visita al Museo del Prado, Andy Warhol no había pasado de la tienda de postales. Cuánto lo incomprendimos. Hoy sin embargo vemos que fue el único sincero al confesar que no necesitaba en absoluto del arte, y por esa razón lamentamos que su ejemplo no haya cundido lo bastante entre cuantos siguen yendo a los museos del mundo sin tener tampoco una necesidad mayor de visitarlos, pudiendo dejarlos a disposición de quienes sí parecen tener alguna razón de peso para hacerlo.
La gente común, al contrario que Warhol, no puede permitirse ser snob, sin embargo, porque no le dispensan el glamur que a él le dispensaron ni tiene el dinero que tuvo él, y necesita, sobre todo, algo en lo que creer. Dios ha muerto, pero le ha sustituido la cultura, y por esa razón podemos decir también: la cultura es hoy el opio del pueblo. Puede que, como ocurría hace siglos con Dios, la gente común no crea tampoco en la cultura, pero cree, desde luego, en el oro, el incienso y la mirra, y acude a buscarlos a los museos, y a rozarse con ellos y, a ser posible, a inhalar sus emanaciones y estupefactarse con ellas.
Hay quienes piensan que aún estamos a tiempo de salvar nuestros nuevos dioses antes de convertirlos en ídolos. No sólo porque la contaminación de una sobreexposición reiterada pueda acabar con ellos (ocurrió con las cuevas de Altamira, felizmente cerradas al público). Es más peligrosa aún la sobreexposición de la banalización, que acaba convirtiendo a Van Gogh en una camiseta, a Mozart en una sintonía de móvil y a Venecia en un destino masivo para recién casados de todo el mundo que suelen tener allí, como consecuencia del frenético ambiente callejero y de los precios, su primera disputa conyugal. Fue difícil llenar los museos de visitantes, pero más difícil va a ser aún vaciarlos de ellos, lo que deberá ocurrir antes de que la Victoria de Samotracia se convierta en el Pato Donald, como quería el resentimiento de Warhol.
La primera parte de este artículo puede leerse en el semanario Magazine de 10 de mayo de 2009